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La electricidad forma parte de nuestro universo desde su origen.
Una de sus manifestaciones más espectaculares son los rayos.
En la antigüedad, cuando no conocían la electricidad, muchas culturas
atribuyeron este fenómeno a la acción de los Dioses.
Por ejemplo, los griegos pensaron que eran lanzados por el dios Zeus.
Los vikingos suponían que eran provocados por el dios Thor, cuando
golpeaba un yunque con un martillo.
Los incas, en cambio, creían que el rayo era una de las formas
en que se comunicaban la divinidad de la tierra (Pachamama) y la
divinidad del mundo de arriba (Wiraqocha). Para ellos el mundo aparecía compuesto por
tres planos: Hana pacha (el mundo de arriba), Kay pacha (el mundo de aquí), y Ucu pacho o Urin Pacha (el mundo de abajo).
Además del rayo, en la antigüedad observaron también otras formas
de la electricidad, pero seguramente sin saber de qué se trataba.
Alrededor del año 600 antes de Cristo, un matemático griego llamado
Thales de Mileto descubrió que
luego de frotar ámbar con una piel
éste atraía objetos livianos. Puede ser que alguna otra persona hubiera
notado esto previamente, pero él fue el primero en registrar sus observaciones.
De este modo, sin darse cuenta, había descubierto la electricidad estática.
Con el transcurrir del tiempo otros investigadores observaron que el ámbar no era el único material con esta propiedad, también el diamante al ser frotado con una piel adquiría la propiedad de atraer objetos pequeños.
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